¿Tres años sin Semana Santa en Sevilla?

No parece terminar la pesadilla. No se ven señales claras de que todo vuelva a ser como antes, cuando las vísperas eran vísperas, días de mayor gozo que los del gozo. Parece, insistimos, en que nos han arrebatado el modelo de fiesta que aprendimos y que dimos como seguro. ¿Alguna vez recuperaremos la certeza de que hay Semana Santa salvo que la lluvia lo impida? La pérdida de la certeza es quizás lo más doloroso en cuestiones cofradieras desde que se desató la pandemia.

Esta semana hemos vuelto a oír esa música que ya nos suena. La Semana Santa vuelve a peligrar cuando la acariciábamos de nuevo gracias a las vacunas, la bajada de los ingresos y las salidas de la Pastora, la Candelaria y la de la Virgen de los Reyes. Pero no. Parece que tenemos que aprender a convivir con el virus, pero no cuando se trata de las fiestas mayores. Ni pensar queremos en tres años sin pasos en la calle. Sería ya letal para la fiesta propiamente dicha y para la economía.

Ahora todo depende de una variante del virus, cuando antes todo dependía del tiempo. Quizás en la nueva Semana Santa nos dejaremos guiar menos por los porcentajes de lluvia y recuperaremos cierta naturalidad, que rima con espontaneidad. Demasiadas salidas hemos suspendido por supuestas teorías de protección del patrimonial material y humano llevadas puerilmente al extremo. Ay, ahora se echan en falta muchas salidas que se suspendieron por efecto de la presión de un estado de opinión bienpensante.

Si después de los años de sequía se produjo el boom de la Semana Santa, esperemos que tras la pandemia recuperemos una fiesta más suelta, por así decirlo, no tan encorsetada por criterios restrictivos demasiado enfocados al escaparate.

Creíamos que todo marcharía bien tras los traslados del Gran Poder, la gran prueba de cara a 2022, pero ya vemos como todo se ha ido al traste por una variante del virus. Tendremos que aguardar hasta última hora por mucho que la cabalgata también discurra bien, en caso de que se celebre, como todos deseamos. Son los efectos de la certeza perdida. ¿Definitivamente? Quién nos iba a decir hace dos años que todo se nos caería. Somos ya los sevillanos que vivimos la peor crisis que sufre la Semana Santa en más de un siglo. Apretemos los riñoñes porque esta trabajadera da jabón.

DiariodeSevilla

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