Cómo las cofradías sevillanas burlaron la Ilustración y dieron forma a la noche más legendaria de la Semana Santa
La Madrugá de Sevilla, uno de los acontecimientos religiosos y culturales más singulares de Europa, no es fruto de la tradición medieval ni una herencia directa del Barroco, como durante siglos se ha sostenido. Su configuración actual nace en el siglo XVIII, en plena Ilustración, como resultado de una tensión histórica entre el poder civil reformista y la religiosidad popular sevillana.
Lejos de ser un fenómeno espontáneo, la Madrugá es el fruto de una estrategia consciente de resistencia, una lectura creativa —y pícara— de la ley que permitió a las cofradías hacer de la noche día y consolidar un amanecer distinto al dictado desde Madrid.
Sevilla en el siglo XVIII: decadencia y resistencia
Tras el esplendor de los siglos XVI y XVII, cuando Sevilla fue capital económica del Imperio gracias al monopolio con las Indias, el siglo XVIII supuso una etapa de declive. En 1717, la Casa de la Contratación se trasladó a Cádiz, marcando el inicio de una larga decadencia económica y demográfica.
Sin embargo, como señalaron historiadores como Antonio Domínguez Ortiz o Francisco Aguilar Piñal, Sevilla se convirtió también en un laboratorio de las reformas ilustradas de Carlos III, que afectaron al urbanismo, la universidad, el teatro… y de forma muy directa, a la Semana Santa.
Estas reformas provocaron un choque frontal entre el poder civil y las cofradías, depositarias de una religiosidad popular profundamente arraigada.
Carlos III, Olavide y la prohibición de la noche
Uno de los grandes protagonistas de este conflicto fue Pablo de Olavide, asistente ilustrado de Sevilla, impulsor de profundas reformas urbanas y sociales. Su rechazo a las devociones populares y a las procesiones nocturnas le valió un proceso inquisitorial por “impío y miembro podrido de la religión”.
En este contexto, el Consejo de Castilla, en 1777, dictó una serie de normas para controlar las cofradías:
- Prohibición de procesionar de noche
- Obligatoriedad de que los cortejos estuvieran recogidos antes de ponerse el sol
- Supresión de penitentes con el rostro cubierto
- Control del orden público para evitar delitos amparados en la oscuridad
La intención era clara: disciplinar la religiosidad popular y someterla a los principios racionales de la Ilustración, en línea con medidas como las del marqués de Esquilache, cuya política acabaría provocando el célebre motín.
El truco del “alba”: nacimiento de la Madrugá
La reacción sevillana no fue la confrontación directa, sino algo mucho más eficaz: la reinterpretación del lenguaje legal.
La clave estuvo en una palabra: alba.
Si la ley obligaba a salir al amanecer, las cofradías decidieron definir a su manera cuándo comenzaba el día. Fue la Hermandad del Silencio, fundada en el siglo XIV, la que en 1774 estableció que acompañaría a Jesús Nazareno y a la Virgen de la Concepción en el alba, entendida no como el amanecer solar, sino como las dos de la madrugada.
Según la investigadora Rocío Plaza Orellana, autora del estudio Los orígenes modernos de la Semana Santa de Sevilla. El poder de las cofradías (1777-1808), esta decisión formó parte de una estrategia compleja de engaños, resistencias y desacatos frente a los ordenamientos ilustrados.
Sevilla, sencillamente, decidió que tenía otro amanecer.
De El Silencio al Gran Poder: la Madrugá se consolida
La fórmula fue imitada rápidamente:
- El Gran Poder adoptó también su estación en la madrugada
- La Macarena se sumó posteriormente, fijando definitivamente la noche del Jueves al Viernes Santo
- La Carretería, que procesionaba el Jueves Santo por la tarde, prolongó su salida más allá del alba legal
Así, mientras Olavide seguía en manos del Santo Oficio, Sevilla había ganado la batalla simbólica: la noche era suya.
La Madrugá nacía no como una concesión, sino como una victoria cultural de la religiosidad popular frente a la Ilustración.
El siglo XIX: teatro, romanticismo y estética definitiva
Superado el embate ilustrado, el siglo XIX dotó a la Semana Santa —y especialmente a la Madrugá— de su estética definitiva. El influjo del teatro fue determinante: escenografías, vestuarios, gestos y emociones se trasladaron al ámbito procesional.
Ángeles emplumados, rostrillos de tul, marchas y coplas impregnadas de aires teatrales y tonadillas populares transformaron los cortejos en auténticos dramas sacros en la calle.
Una crónica de la época lo resumía con ironía:
“O el teatro es un acto religioso, o nuestra religión es una comedia”.
Era el triunfo del romanticismo, de la Sevilla pintoresca, y de una Madrugá que ya no solo era devoción, sino identidad colectiva.
Una madrugada que nació de la desobediencia
La Madrugá de Sevilla, tal como hoy la conocemos, no surge del medievo ni del barroco, sino de una coyuntura histórica muy concreta: la resistencia de las cofradías sevillanas frente a las reformas ilustradas del siglo XVIII.
Interpretando el alba como madrugada, Sevilla no solo burló la ley, sino que inventó un tiempo nuevo, una noche sagrada que desde entonces pertenece a la memoria emocional de la ciudad.
Porque, desde entonces, en Sevilla amanece antes.


