La ciudad de Lucena, en pleno corazón de la provincia de Córdoba, conserva una de las expresiones rituales más singulares del sur de España: la Santería, un modo de portar los tronos procesionales que ha sido reconocido como Bien de Interés Cultural y que continúa transmitiéndose de generación en generación como parte esencial de su identidad colectiva.
Una forma de procesionar que no existe en ningún otro lugar
La Santería se basa en un sistema de porte totalmente propio: las imágenes son llevadas a hombros, sobre grandes tronos sostenidos por cuadrillas de hombres llamados santeros, siempre dirigidos por la figura del manijero, responsable de marcar el ritmo, el movimiento y la liturgia del cortejo.
Este ceremonial combina solemnidad, simbolismo y un estilo de carga que se ha mantenido prácticamente inalterado durante siglos, convirtiendo a la Semana Santa lucentina en un referente cultural único.
Raíces históricas que se remontan al siglo XIX
Aunque la Semana Santa local tiene origen en los siglos XVI y XVII, la configuración actual de la Santería comenzó a perfilarse en el siglo XIX, cuando las cofradías abandonaron el antiguo sistema de correones y adoptaron el porte sobre los hombros.
A principios del siglo XX ya se encontraba totalmente asentada, prueba de ello su aparición en periódicos y revistas locales, donde se mencionan por primera vez términos como “santero” o “santería”, señal evidente de que este ritual formaba parte de la vida popular mucho antes de quedar recogido por escrito.
Elementos esenciales de la Santería
Un porte rígido, solemne y de rostro descubierto
Los santeros mantienen siempre la cabeza erguida, el rostro sin cubrir y el varal apoyado sobre el hombro correspondiente, conformando una postura característica que forma parte del estilo propio de Lucena.
El tambor, corazón sonoro del ritual
El trono avanza marcado por el sonido seco del tambor, que guía cada movimiento. En los cortejos de Pasión se suma, en ocasiones, el torralbo, una corneta encargada de anunciar la presencia del paso.
Movimientos con significado propio
Los tronos no avanzan de forma uniforme, sino que realizan secuencias específicas como el maceteao, el reposao, el botao o el pingao, movimientos que forman parte del lenguaje simbólico de la Santería.
Una estética inconfundible
El vestuario de los santeros —túnica corta y capirote caído hacia atrás—, junto a la ausencia de ensayos y la importancia de la experiencia personal, refuerzan el carácter auténtico y tradicional del rito.
El papel fundamental del manijero y su cuadrilla
Cada año, el manijero es el encargado de formar una cuadrilla de santeros para un único trono. Esa cuadrilla no vuelve a repetirse, lo que dota a cada procesión de un carácter irrepetible.
A su lado trabaja el porrillas, figura auxiliar que nunca se sitúa bajo el trono y que ayuda a coordinar el avance. La preparación incluye las tradicionales juntas, reuniones de convivencia, música y transmisión oral del rito, donde también se iguala la altura de los santeros mediante cuñas de madera.
Un lenguaje propio que forma parte del patrimonio cultural
La Santería ha generado su propio vocabulario: esquinero, repisón, cimbra, vuelta cuadrada… Un conjunto de términos que define tanto la estructura del trono como las maniobras que se ejecutan durante el recorrido. Las órdenes del manijero se comunican mediante un característico siseo seguido del toque de campana.
Un tesoro vivo de la Semana Santa andaluza
Con su identidad inconfundible, su transmisión oral y su fuerte arraigo social, la Santería de Lucena sigue siendo uno de los rituales más singulares y emocionantes de la Semana Santa en Andalucía. Una manifestación cultural que no se ensaya, que se vive, y que año tras año reafirma el vínculo entre tradición, fe y comunidad.

