Durante siglos, las mujeres sostuvieron el patrimonio desde la sombra del bordado y el cuidado de los templos. Tras décadas de evolución social, han pasado de la invisibilidad doméstica a ocupar su lugar bajo el capirote y en las juntas de gobierno.
La Semana Santa de Sevilla, tradición centenaria que moviliza a millones de personas, ha guardado durante gran parte de su historia una paradoja silenciosa: el papel fundamental pero invisible de la mujer. Durante generaciones, su presencia fue la columna vertebral que sostenía el patrimonio —en la limpieza de la plata, el bordado de los mantos y la transmisión de la fe en el ámbito privado—, pero su acceso a la vida pública y administrativa de las hermandades estuvo restringido por una barrera de género que solo comenzó a ceder en las últimas décadas del siglo XX.
El fin de la exclusión: El camino hacia el hábito de nazareno
La plena integración de la mujer en las estaciones de penitencia no fue un proceso inmediato ni exento de controversia. El acceso al hábito de nazareno estuvo marcado por intensos debates internos en los cabildos generales de las hermandades.
A pesar de que las mujeres realizaban labores logísticas esenciales, la posibilidad de vestir la túnica y el antifaz fue rechazada sistemáticamente en numerosas corporaciones hasta bien entrada la era democrática. En algunas hermandades emblemáticas de la ciudad, este derecho no se consolidó hasta fechas tan recientes como el año 2004, tras un largo proceso de diálogo y una creciente presión por la igualdad de derechos dentro de las instituciones religiosas.
De las labores de ornato a la toma de decisiones
Históricamente, la labor femenina quedaba relegada a las tareas de mantenimiento y preparación de insignias, funciones vitales pero carentes de visibilidad pública. Sin embargo, el panorama actual ha transformado por completo la fisionomía de las hermandades sevillanas.
En la actualidad, las mujeres no solo participan de forma masiva como nazarenas o acólitas, sino que han comenzado a ocupar cargos de alta responsabilidad. Es cada vez más frecuente encontrar perfiles femeninos en puestos de tesorería, secretaría o diputaciones, gestionando directamente el día a día de instituciones que custodian un vasto patrimonio artístico y devocional.
Los retos pendientes: El techo de cristal en la jerarquía
A pesar de los avances evidentes, la paridad real en los puestos de máxima responsabilidad sigue siendo el último horizonte a conquistar. La figura de la Hermana Mayor continúa siendo una excepción en el conjunto de las cofradías de la capital hispalense.
Este freno responde, en gran medida, a la propia estructura de las hermandades como entidades que emanan de la jerarquía eclesiástica, donde aún imperan visiones tradicionales sobre los roles asignados a cada sexo. No obstante, la tendencia hacia una mayor equiparación parece irreversible. Las nuevas generaciones de cofrades avanzan hacia una normalización donde la capacidad de gestión y la devoción priman sobre el género.
La historia de la Semana Santa sevillana continúa escribiéndose, pero esta vez con una diferencia fundamental: hombres y mujeres comparten el mismo camino bajo el antifaz, consolidando una tradición que, lejos de estancarse, se adapta a los valores de la sociedad contemporánea.


