El escultor Blasco Rivero vuelve a explorar los límites de la imaginería sacra con una creación que propone una lectura pausada, íntima y profundamente espiritual de la figura de Cristo. Un Nazareno concebido para el ámbito privado que huye del discurso procesional para instalarse en el terreno del silencio y la permanencia.
✝️ Una imagen que detiene el tiempo
La talla presenta a Cristo como Nazareno en una actitud contenida, alejada de la tensión narrativa habitual de la Pasión. La figura aparece sobre un pequeño monte rocoso, sosteniendo una cruz invertida que no se impone visualmente, sino que se integra en el conjunto como un elemento asumido desde el interior. El resultado es una escena suspendida, donde el dolor no avanza ni se exhibe, sino que permanece.
🪨 La cruz como experiencia interior
Uno de los rasgos más singulares de la obra es la interpretación simbólica de la cruz. Lejos de entenderse como un peso externo, se convierte en un signo interiorizado, casi espiritual. Este planteamiento iconográfico transforma el sufrimiento en aceptación consciente, proponiendo una lectura serena del sacrificio, despojada de dramatismo y enfocada al recogimiento personal.
🎨 Técnica al servicio de la sobriedad
Desde el punto de vista material, la imagen combina distintos soportes con notable equilibrio. Cabeza y manos están realizadas en barro cocido, mientras que el cuerpo ha sido tallado en madera de cedro. Los brazos, articulados mediante un sistema de bola en madera de sapelli, aportan naturalidad anatómica y coherencia estructural al conjunto.
La incorporación de ojos y lágrimas de cristal, junto a pestañas de pelo natural, se emplea con mesura, reforzando la expresividad sin romper el carácter austero de la obra. Cada recurso técnico está pensado para acompañar el mensaje, no para imponerse sobre él.
🙏 Dolor aceptado, fe sostenida
La actitud corporal del Nazareno refuerza la idea central de la obra: el dolor entendido no como derrota, sino como parte del camino espiritual. El cuerpo no clama ni se retuerce, sino que sostiene, acepta y permanece. Una fe que no necesita proclamarse, porque se vive desde dentro.


